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Hace algún tiempo un buen amigo me colaboró con un comentario (muy bueno por cierto) de un libro. El objetivo era de crear una pàgina Web de arte, literatura, entre otras cosas; que se hacen, dicen… aquí en Loja; pero ésta no se puedo materializar. Por lo cual, creo que algo así no debería quedarse en el computador, y lo comparto (Gracias!):

BÚSQUEDAS

Como buen nerd me gusta leer la revista Mundo Diners; dentro de las revistas locales me parece sigue siendo la que presenta las mejores recomendaciones en cuanto a cine, música y literatura. En sus páginas fue que me topé por primera vez, ya han de ser unos cuatros años de esto, con el nombre de Paul Auster cuando reseñaron el que era entonces su último libro: “El libro de las ilusiones”. Desde el título ya se desliza la pista de que estamos frente a un ejercicio de metaliteratura, libros que hablan sobre libros, ejercicio que era tan caro al gran Borges. Bueno, una vez adentrado en la historia no solo es que se habla de libros si no también de películas y de un actor (autor) desaparecido. Con una prosa agilísima Auster me fue arrastrando en una búsqueda que era tan absurda como necesaria (y la literatura y el cine al final son eso, ¿no?, caprichos absurdos pero tan necesarios para buscar algo que está más allá de la realidad).

Pero bueno, no es de “El libro de las ilusiones” que quiero hablar ahora. Como al año de haber leído a Auster por primera vez llegó a mi departamento una graciosa chiquilla que lo primero que hizo al traspasar el dintel de la puerta fue ir directo al estante de libros. Cuando dio con el libro de Auster me preguntó si me había gustado la trilogía de New York y debí admitir mi ignorancia frente al tema (Daniela, se llama Daniela, y hoy está lejana, en otro continente). Esa noche se llevó “El libro de las ilusiones” y al otro día apareció con la obra por ella misma recomendada; más aún, ofreció cocinar ese rato para mí con la condición de que yo acabara de leer la primera parte de la trilogía, “Ciudad de cristal”, ese mismo día. Aficionado como soy a los retos estúpidos acepté de una. Para cuando ella se desocupó de la cocina ya iba por la mitad del octavo capítulo y estaba totalmente fascinado. Se repetía (lo cual no es tan correcto, porque la trilogia se escribió 17 años antes que el primer libro que leí de Auster, pero en mi biografía el orden lo elijo yo) la fórmula del escritor deprimido que por capricho de los dioses -una forma como cualquier otra para referirme al azar- se ve forzado a jugar al detective para buscar a un desconocido; el desparecido, por supuesto, también es escritor y por todo el libro están desparramados los guiños a otros libros y referencias mucho más explícitas a Lewis Carroll y su mítica Alicia (sí, la del País de las Maravillas) y al mismísimo Cervantes.

Durante la cena -y conste que fue idea de ella- seguí leyendo, luego abrimos una botella de vino, y para cuando Daniela se fue ya había empezado la segunda parte de la trilogía: “Fantasmas”. Ahora el detective era real pero me pareció justo parar y retomar esa historia el próximo día nuevamente desde el inicio. Volvamos por el momento a la “Ciudad de cristal”. ¿Sería redundante acotar que las tres historias se desarrollan en New York? Sí, esa inmensa ciudad tan llena de todo, tan completa y tan anónima, la ciudad de Woody Allen. Paul Auster, el autor, se convierte además en un extraño personaje de su misma novela; Quinn, el escritor deprimido de esta historia, es confundido con Auster, un reconocido detective privado, y en lugar de aclarar la confusión decide meterse en el personaje (que a su vez es autor, o algo por el estilo) y empezar la búsqueda de Peter Stillman padre a pedido de la esposa de Peter Stillman hijo. Esa maraña de nombres propios es solo una excusa para hacer toda una tesis sobre el mismo lenguaje y su utilidad y su absurdo y nuestra dependencia y la torre de Babel y el lenguaje de la divinidad. Entre otras cosas Auster y sus personajes se preguntan: ¿en verdad las palabras que usamos significan lo que nosotros creemos que significan?, y si un objeto sufre un cambio ¿es lícito seguirlo llamando con el mismo nombre?

La ya mencionada “Fantasmas” usa en cambio colores para designar a sus personajes. Azul, un detective privado, es contratado por Blanco para que vigile a Negro; Blanco no le da más información, solo que ha alquilado una habitación frente al edificio de Negro para que Azul pueda vigilarlo más eficazmente; Negro casi ni sale, solamente se la pasa sentado en una mesita escribiendo vaya Zeus a saber qué, y mientras pasan los días Azul en su encierro empieza a sospechar que es Negro quien le está vigilando a él. La soledad y el aislamiento hacen que un hombre se replantee desde las bases sus propias creencias y convicciones, y quién sabe por qué ese día que estuve encerrado en mi propio departamento con la novela de marras no salí ni a comer y no contesté ninguna de las llamadas, incluídas las de Daniela.

Mi tercer día con el libro y la última parte de la trilogía: “La habitación cerrada”. Decidí empezarla después de almorzar para compensar de alguna manera la frugalidad del día anterior. Esta vez se trató de un simple redactor de artículos para revistas que un día se entera que su mejor amigo de la infancia, de quien no había tenido noticias en muchos años, ha desaparecido; lo que hubiese sido una simple mala noticia termina trastocando todo su mundo al conocer que este amigo ha escrito algunas novelas, cuentos y poemas y que él será quien decida si esos borradores son destruídos o publicados. La esposa del amigo desparecido, que se considera a sí misma como viuda prematura, se convertirá en el objeto de su deseo; lo bueno es que sus sentimientos son correspondidos, lo malo es que el amigo en realidad no ha muerto, y él lo sabe y empezará su búsqueda sin tener muy claro si quiere encontrarlo o no.

Si bien las tres partes se leen como historias independientes hay elementos que las conectan y aparecen por aquí y por allá como chistes internos que propician una complicidad autor-lector maravillosa. Es más, en el penúltimo capítulo de “La habitación cerrada” viene Auster y pone estas palabras en boca de su personaje principal: «Toda la historia se resume en lo que sucedió al final, y, sin tener ese final dentro de mí, no habría podido empezar este libro. Lo mismo es válido para los dos libros anteriores, la “Ciudad de cristal” y “Fantasmas”. Estas tres historias son finalmente la misma historia, pero cada una representa una etapa diferente en mi conciencia de dónde está el quid.» El mismo Borges ya lo dijo alguna vez: siempre se escribe el mismo libro, la misma historia, ¿o lo dijo Melville?

Cuando llegué a la última página llamé a Daniela y quedamos en encontrarnos esa noche en su casa. Hablamos durante horas, y claro, Auster fue el tema principal, pero no el único. Ella ya había pasado la mitad de “El libro de las ilusiones” y esa noche me enteré de que Auster también había incursionado como director de cine con “Lulu on the bridge”; casi medio año después pudimos conseguir esa película en VCD y salimos más bien descepcionados; Mira Sorvino y Harvey Keitel si bien nos caían bien (la Sorvino por ser tan buena y Keitel por haber sido Mr. White, un nombre más bien cool según Steve Buscemi) no llenaron las expectativas, aunque a lo mejor fuimos injustos, pero bueno, la culpa es del mismo Auster por tener unos libros tan hijueputamente bacanes. He vuelto a releer la “Trilogía de New York” esta semana, nuevamente en tres días, y por un momento me dieron ganas de cerrar el libro y salir a buscarla a Daniela. Por supuesto, no lo hice.

Hiscariotte Farinango

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